«Desde un lugar de ñuños»

Desde un lugar de ñuños

 

Ñuñoa, la comuna donde vivo en la ciudad de Santiago de Chile, cuyo nombre proviene del mapudungun (idioma de los mapuches) ñuñowe; lugar de ñuños o Sisyrinchium arenarium, la cual es una bella planta con pequeñas flores amarillas. Este es el lugar donde transcurren ya los casi 50 días de cuarentena producto del intenso brote de Covid-19 en este lugar. Desde el piso 15 y girando mi vista hacia la derecha –al poniente- de mi escritorio, sin antes dejar de pasar por las postales de Namatjira, Ernesto, Larrea, Mono González y un pequeño mapamundi de corcho, puedo ver la diversa arboleda –de seguro espontánea- en tonos ocres y verdes que dan vida –literalmente ya que es refugio de aves e insectos- a la calle Lincoyan. Otra vez de raíz mapuche, esta vez en honor a un gran toki (jefe militar) Mapuche, predecesor de Lautaro. Lincoyan significa Roble blanco, lo que nos lleva otra vez al paisaje. Finalmente y no con poco esfuerzo y la ayuda de días despejados, mi vista alcanza al fondo escénico que propone el Cerro Lo Aguirre, con su relieve suave y eterno color amarillo, lo cual sumado a los atardeceres y su cardinalidad, desata una paleta cromática sin nada que envidiar al “Atardecer en Venecia” de Monet. Soy un afortunado.

Día a día mirando este paisaje descubro cosas nuevas; un árbol de diferente especie a las que había reconocido, ¡una palmera! o nuevas techumbres de las casas del barrio, algunas aún de teja muslera -ya que se elaboraban por artesanos en sus muslos para darles su forma. Descubrir que anteayer pintaron nuevamente de blanco el paso peatonal o que el vecino del automóvil azul decidió comenzar a guardarlo en el garaje de su casa en lugar de dejarlo en la calle.

Pienso, ojalá esté desarrollando un mínimo de la capacidad de observación del paisaje que tienen los Mapuches, de acuerdo a lo que comentaba al principio.

Reflexiono ante esto y es imposible no pensar en quienes viven la cuarentena de manera diametralmente distinta a mi relato. Primero desde lo básico, me pregunto si es que tienen derecho a ella o es un lujo inalcanzable, a lo cual me inclino por lo segundo a raíz de las estadísticas e investigaciones realizadas en este campo. Por otra parte, advertir la calidad de paisaje que tienen disponible al girar su mirada hacia él. Su carácter, sus valores paisajísticos.

Por su puesto que el paisaje es una construcción social y que se percibe desde todos los sentidos, sin embargo, en tiempos de cuarentena la variable visual toma aún mayor preponderancia. Entonces, ¿suena frívolo acaso la demanda por paisajes bellos? ¿Es una utopía superficial la demanda por diseños atractivos para las comunidades? o desde la gestión de los paisajes: ¿acaso el valor estético está un peldaño por debajo de valores simbólicos e históricos por ejemplo?

Es evidente que la pandemia devela las desigualdades territoriales -y paisajísticas- que experimentan los diversos grupos de la población. Más aún en mi país, donde la pobreza tiene un fuerte reflejo en el territorio, expresado en segregación y exclusión.

Ante lo anterior, es hora de que pensemos y actuemos por el paisaje como factor de equidad, ahora! Esto significa valorizar el paisaje de todas y todos los habitantes… como un bien común, como un derecho. Especialmente para nosotros los arquitectos del paisaje, esto representa también una tarea fundamental: velar por la continuidad y calidad de los valores paisajísticos de cada comunidad, además de desarrollar –en conjunto con la población- paisajes referenciales donde no los haya.

Por eso es necesaria la acción conjunta de LALI e IFLA AR en los Pactos por la Vida. Desde nuestra visión en IFLA AR como arquitectos del paisaje, a manera de pensar y actuar profesionalmente sobre el paisaje. De comprenderlo y tratarlo como un bien común, como un derecho para todas o todos y como un factor de desarrollo y equidad. Estas últimas palabras, tal como lo dice de manera tan contundente la Corporación Patrimonio y Paisaje de la cual soy orgulloso socio fundador.

Finalmente y cerrando desde donde comencé, estoy seguro que esta pandemia ha desarrollado en nosotros una manera más profunda de percibir el paisaje, ojalá todas y todos pudiéramos acercarnos más a la capacidad de observación de nuestros pueblos originarios, los cuales daban nombre a objetos y personas a razón de lo que percibían del paisaje. Sin embargo, para eso primero hay que tener un paisaje al cual recurrir.

Un fuerte abrazo desde mi hogar, lo que antes solía ser el lugar de ñuños.

Ricardo Riveros Celis

Presidente IFLA AR. Director Corporación Patrimonio y Paisaje. Amigo y colaborador de la LALI. Profesor Universidad Central de Chile, Carrera de Arquitectura del Paisaje en sus 31 años de vida.

 

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