Paisajes sanos y paisajes insanos

Paisajes sanos y paisajes insanos

 

Una de las estrategias para reducir contagios en la pandemia de COVID-19 en muchos países del mundo ha sido la limitación de la movilidad de la población. Y se ha dado la sorprendente paradoja que, por razones sanitarias, se ha prohibido el acceso a parques urbanos, bosques, playas y zonas rurales, paisajes que, por sus características, numerosos estudios nos indican que se trata de paisajes sanos, es decir, paisajes que ayudan a reducir el estrés, la depresión o las enfermedades respiratorias y cardiovasculares. La contradicción llegó a tal punto que en las zonas rurales de algunos países, por ejemplo, la población quedó atónita cuando se le obligó a hacer largas colas en el supermercado mientras tenía prohibido abastecerse de sus propios huertos de autoconsumo que les quedaban a pocos minutos andando desde sus casas.

El uso de los caminos, senderos señalizados, vías verdes, vías ciclistas, paseos fluviales y litorales, parques urbanos, o los numerosos circuitos de salud que abundan en nuestras ciudades, por ejemplo, constituyen verdaderos paisajes sanos, y no deben verse como una amenaza sanitaria, tratándolos como insanos, sino como una oportunidad para hacer actividad saludable al aire libre de forma controlada, segura y responsable.

En definitiva, la pandemia ha constatado aún más la evidente conexión entre paisaje y salud, tal y como ya reconocía la Declaración de la Iniciativa Latinoamericana del Paisaje en 2012 o lo hacía previamente el Convenio Europeo del Paisaje, aunque a veces esta conexión pase desapercibida. Ambos textos nos recuerdan como los paisajes de calidad, ordenados y bien gestionados, inciden positivamente en la salud física y mental de la ciudadanía y, muy especialmente, entre los sectores más desvalidos. Por esta razón, y ahora más que nunca, es especialmente importante procurar que nuestros paisajes cotidianos sean de calidad y destinar los esfuerzos necesarios para crear los paisajes sanos de futuro.

Efectivamente, la situación actual nos ha hecho replantear muchos aspectos de nuestro estilo de vida y ha hecho patente la necesidad de repensar de arriba abajo nuestros paisajes, particularmente los urbanos, para que sean más saludables y contribuyan al bienestar. Acciones como buscar nuevos modelos de movilidad que ayuden a reducir la polución atmosférica y acústica y favorezcan la movilidad física, la creación de paisajes refugio en medio de la ciudad donde reponer fuerzas y gozar del silencio, o la importancia de incluir balcones y terrazas en todos los edificios, mejorarían notablemente la calidad de vida de la ciudadanía y actuarían a la vez como medidas preventivas contra posibles nuevas pandemias.

Otra importante lección que nos deja la actual emergencia sanitaria es la creciente valoración que están teniendo los paisajes rurales productivos de proximidad, los más cercanos, con los que más nos reconocemos. Son imprescindibles en el proceso de cambio hacia un modelo de consumo más responsable, equitativo y saludable, además de proporcionar importantes beneficios globales para combatir el cambio climático.

Imagen: © Rafael López-Monné / Arxiu d'Imatges de l'Observatori del Paisatge

Laura Puigbert

Observatorio del Paisaje de Cataluña

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